VIVIR DEL CUENTO --BARUNTSE 1.980

nuestros porteadores





Puente sobre el rio Barun

collado Barun La


el equipo: Mané, Carlos, Lorenzo, Jero, Morandeira, Lalo, Javier, Pepe
El Baruntse
el muro

La arista

el Makalu

La vía




La Arista

La cima
 

 El Baruntse (7.129 m)

16 de marzo de 2020

Recluído por el coronavirus ese que hay por ahí, pasando el rato como puedo, escucho por la radio que hace cuarenta años que murió Félix Rodríguez de la Fuente. Cuarenta años…¡no puede ser! Pero si nosotros estábamos en el Himalaya…, pero…, ¡si parece que fue ayer!
Qué mal asunto cuando empieza a hacer tanto de tantas cosas… a ver si es que nos estamos haciendo mayores….
Fue la primera expedición Aragonesa al Himalaya (era la época de las primeras catalanas, primeras madrileñas, primeras vascas,…) que organizó Montañeros de Aragón, o mejor dicho, Pepe Díaz y a la que  invitó a Peña Guara, o mejor dicho a Javier Escartín y a mí, y de la que también formaron parte Mané Blanchad, Gonzalo Prado (Lalo), Jerónimo López, Carlos Bhuler y J. Ramón Morandeira.
La montaña elegida fue el Baruntse, una montaña de 7.129 metros, situada entre el Makalu y el macizo Lhotse-Nupse-Everest. Desde que los neozelandeses la escalaron en 1.954, esta montaña había estado cerrada a las expediciones y por ello tuvimos la suerte de realizar la segunda ascensión además de abrir una nueva ruta por la difícil arista este.
Para algunos, todos excepto Jerónimo, fue nuestra primera vez en Nepal y fue una vivencia tan intensa que cuarenta años después todavía recuerdo perfectamente las sensaciones y las emociones que sentimos vagando por las calles de Katmandú, conviviendo con los nepalíes y recorriendo la larga marcha de aproximación desde Tumlingtar hasta las morrenas del glaciar Barun a los pies del gigantesco Makalu, un recorrido que nos llevó desde los arrozales, por selvas tropicales infestadas de sanguijuelas y  bosques de rododendros arbóreos, hasta el famoso collado Barun La, de 4.800 metros, que atravesamos en medio de una ventisca, enfundados, nosotros, en nuestros trajes de altura, y  asombrados por la fortaleza y determinación de nuestros cien porteadores, y porteadoras que atravesaron el collado y los neveros descalzos y cargados con más de treinta kilos. Impresionante. Inolvidable.
No pudimos encontrar apenas información sobre el Baruntse. Sólo en un mapa se adivinaba la existencia de una arista que, así, sin ver, decidimos que sería la ruta que íbamos a intentar. Y cuando llegamos a la montaña, ¡oh maravillas de la cartografía!, la arista estaba allí y parecía un camino difícil pero lógico que conducía hasta la cumbre.
Instalamos un campo II al pie de un muro de hielo por el que ganaríamos la arista. El muro no era muy largo, tal vez trescientos metros, tampoco muy inclinado, tal vez 60º, pero nunca hemos vuelto a encontrar un hielo tan duro y estalladizo como aquel. Los piolets y los crampones apenas se clavaban unos milímetros e, incluso cuando ya subíamos por las cuerdas fijas, era una escalada tremendamente  técnica y fatigosa.
La arista no la recuerdo en general muy difícil, aunque allí encontramos el largo quizás más difícil de la vía. Un resalte de hielo durísimo que casualmente me tocó escalar a mí porque no fui capaz de montar una reunión y, huyendo hacia adelante, terminé el largo, más de sesenta metros, gracias a que , acojonado porque hice el largo sin un mal seguro, pude subir por una fina mancha de nieve adherida al hielo. Afortunadamente, al final apareció nieve “corcho” y pude clavar una estaca y montar una buena  reunión. Pero la arista sí que era tan afilada y continua y resultó muy difícil encontrar un emplazamiento para un tercer campo de altura. Al final hubo que instalarlo en el interior de una grieta. Conseguimos fabricar una pequeña pero confortable plataforma donde pudimos estar al abrigo de las nevadas y del viento que cada mediodía, invariablemente, azotaba la montaña.
Desde ese tercer campamento hicimos el ataque (¡qué poco me gusta esta palabra!, pero no se me ocurre otra mejor) a la cima. Siempre hay alguna anécdota, o tontada, en cada expedición y en esta, lo que pasó fue que nos olvidamos las pilas en España. Carlos Buhler nos había proporcionado unas superpilas de litio, de esas que duran no sé cuánto, y sólo teníamos las que por casualidad llevábamos en el equipaje de mano. La cuestión es que descubrimos el olvido en el Campo Base. Así pues, guardamos como oro en paño etas pilas para el día del ataque (¡otra vez la palabra!) a la cumbre. Total que salimos de noche de nuestra grieta-campamento y a la media hora, las linternas se empezaron a apagar hasta quedarnos completamente a oscuras. Así, sin ver, subimos la cuerda que teníamos instalada hasta lo alto de un serac. Poco a poco empezó a amanecer y con un frío intenso seguimos poco a poco escalando hasta la cima. Allí llegamos Jero y Javier en una cordada y Carlos y yo en otra. Era el 27 de abril de 1.980.
Fue una inmensa alegría vernos en lo más alto de esta cumbre rodeados de montañas, muchas desconocidas pero muchas otras muy conocidas; el Kangshungtse y  el Makalu, y a lo lejos el Kanchenjunga, el Chamlang, el  Ama Dablan, el Nuptse y la gran pared sur del Lhotse que nos impide ver al Everest, por debajo nuestro el Island Peak y el Cho Polu.
Al día siguiente volvieron a ascender Lalo y Lhakpa. Mientras ellos bajaban del campo III, desde el campo I observamos que aparecía una cordada cerca de la cumbre procedente de la otra vertiente. ¡Sorpresa, no sabíamos que hubiera nadie más en la montaña!. Alcanzaron nuestras huellas y debieron de llegar a la cumbre pero las nubes cubrieron la montaña y ya no se les volvió a ver. Al regresar a Katmandú nos enteramos que estaban buscando a dos alpinistas franceses desaparecidos en el Baruntse.
Tardé muchos años en darle importancia a la escalada al Baruntse. Aunque Carlos y yo habíamos abierto y resuelto casi la mitad del itinerario y algunos tramos claves de la escalada, no podía evitar que el hecho de subir por algunas cuerdas fijas que yo no había colocado me impidiera sentirme totalmente satisfecho con esta ascensión. Ahora, cuarenta años después, creo que, desechando la certeza de ascender por la vía normal optando por la incertidumbre de intentar ascender por una vertiente desconocida aportamos un poco de sentido a esto de subir montañas.

Lorenzo

3 comentarios:

Circo Marco dijo...

Gracias por la piada Lorenzo. Vaya línea os marcasteis! Enhorabuena....y aprovecha para seguir tirando del baúl de los recuerdos, que lo disfrutaremos todos.

David dijo...

Menudo rutón! Y en esa época!! Bravo! Y gracias por compartir esas imágenes!!

Edu dijo...

Gracias Lorenzo, hacia dias que no me sudaban las manos, solo ver la reseña con todo "eso" encima ya me hizo sudar y el relato como siempre acojonante.
Espero que esto pase rápido pa volver al monte... Aunque sea a guara jajajajajajaja