K2, La Montaña sin Retorno

El K2, ¿la más hermosa? La más cruel.


¡¡25 años!! ¡No puede ser! Los recuerdos están tan vivos que es difícil aceptar que, inexorablemente, el tiempo pasa y ha pasado sin parar.

Hace 25 años estábamos en el Karakorum, en Pakistán, intentando escalar nada menos que el K2. Era la evolución lógica, pensábamos nosotros, después de casi veinte años escalando montañas tanto en los Andes como en el Himalaya y el Karakorum.

Pepe Garcés, apoyado por su club, Montañeros de Aragón de Zaragoza, había organizado esta expedición que finalmente también asumió nuestro club, Peña Guara de Huesca.

Formábamos un pequeño grupo de seis alpinistas y un médico.  Algunos (Pepe Garcés (jefe expedición), Javier Escartín y yo mismo, Lorenzo Ortas) ya habíamos participado juntos en anteriores expediciones y otros (Manuel Avellanas (médico), Lorenzo Ortiz, Javier Olivar y Manuel Ansón) era la primera vez que íbamos a compartir una expedición. Aunque algunos ya tenían un historial más que envidiable, nuestra fortaleza consistía en que éramos un grupo de amigos capaces de trabajar en equipo.

Cuando pedimos el permiso de escalada al K2, todavía nadie había completado la ascensión hasta la cima de la vía Cessen, por eso elegimos esta ruta. Pero el año anterior a nuestra expedición, Kike de Pablo, Juanito Oiarzabal, Alberto Iñurrategi y Juan Tomás completaron la ascensión a la cumbre de la ruta Cessen que desde entonces también se conoce como la vía Vasca.

Nuestra expedición iba muy bien. Estábamos disfrutando de la escalada. Teníamos todos los ingredientes para ello; una montaña alta, muy alta, muy grande. También una montaña bella, muy bella.  Una vía difícil, aunque dentro de nuestras posibilidades, relativamente segura,…  y, sobre todo, un grupo de amigos compenetrados y trabajando cada uno según sus posibilidades pero sin escatimar esfuerzos.

Todo iba muy bien hasta que finalmente todo fue muy mal. No fue una expedición de la que podamos sentirnos orgullosos porque dejar en la montaña a tres amigos fue  una tragedia, muy triste, pero, también fue un gran fracaso y no se puede catalogar de otra manera.

Sólo el mantener vivo el recuerdo de nuestros amigos me anima a recordar esta efeméride. Ellos llegaron a la cumbre del K2 pero no pudieron bajar.

Fue un dolor tan desgarrador el que vivieron, y todavía viven, los que perdieron a sus seres queridos, que yo decidí que si los míos no compartían la ilusión y el riesgo de las altas montañas, no tenía derecho a hacerles pasar por eso y no volvería a ninguna expedición más. Y ya no he vuelto.

Posteriormente escribimos un libro como recuerdo y homenaje a los amigos desaparecidos (K2, La Montaña sin Retorno. Ed. Prames), libro que en la actualidad está agotado. El borrador del texto que yo escribí para este libro se puede descargar desde este enlace http://p-guara.com/wordpress/wp-content/uploads/2020/08/K-2-libro-completo-corregido.pdf  Este relato es una fiel descripción de la expedición, a veces casi como una confesión. Está tal cual lo escribí, sin cambiar ni una coma. Todas las conversaciones por walkie-talkie se grabaron (pretendíamos hacer una película de la expedición), así pues los diálogos que aparecen en el relato son transcripciones exactas de lo que hablamos, aunque, lógicamente, se omitieron los tacos y palabras malsonantes que todos empleamos cotidianamente pero que a nadie se le ocurre emplear en un lenguaje escrito.  

Manuel Ansón regresó al Karakorum dos años después y escaló el Broad Peak. Pepe Garcés también regresó al Karakorum y al Himalaya  porque se empeñó en la ascensión de los catorce ochomiles. Pepe ascendió al K2 en 2001 y ese mismo año desapareció en el Daulagiri. Pepe Garcés había ascendido hasta entonces seis ochomiles. En cuanto a mí, no había vuelto al Karakorum. El invierno pasado, después de 24 años, regresé al Karakorum, al Campo Base del K2 invitado por Alex Txikon que iba a intentar la escalada invernal. Fue una experiencia inolvidable y por la que siempre estaré agradecido a Alex. Además de compartir treking y expedición con un grupo de personas que desde entonces ya considero mis  amigos, volver a ver esta montaña, recordar todo lo vivido allí, visitar el Memorial,… todo fue muy emotivo y estoy muy contento de haber vuelto. Yo creía que tenía esta historia superada pero algo había allí, algún asunto sin cerrar, y me fue muy bien volver a “ver” a los amigos que simbólicamente están en el memorial. Allí estuve, mejor dicho, estuvimos, llorando un buen rato y después ya me sentí mucho mejor.

Lorenzo Ortas

Agosto 2.020



El Baltoro, seguramente la mayor concentración de hermosas montañas. La Torre Musthag.


                   M. Ansón, M. Avellanas, J. Escartín, L. Ortiz, L. Ortas, P. Garcés, J. Olivar


Subimos al abrigo de las avalanchas.



Una pendiente constante de 3.500 metros de desnivel.

 



Campo II, 6.600 metros. Siempre sepultado...

...a veces con nosotros dentro.


                                      Llegando a7.000 metros. El Broad Peak ya no parece tan alto.

El Chogolisa

                                               Partimos se noche hacia el Hombro


         Llegando al Hombro. Los Gasherbrum y los Broad Peak. Estamos casi a 8.000 metros

           y ya vemos el Cuello de Botella y el famoso serac.

                                     Nuestro campo IV, en el Hombro, a 8.000 metros

               Slaiter y Alison nos visitan en el Hombro


        Abdul y Avellanas nos cuidan durante la larga espera...

       Desde el helicóptero, última mirada a nuestro amigo Abdul y al K2



        2.001. Pepe Garcés llega a la cima del K2


       24 años después, en el Memorial


Manantial de la Noche. Peña Santa de Castilla.


Pues así llegamos al manantial de Vegahuerta, de noche. Cansados y sedientos, pero bajo un cielo estrellado. El estrés empieza a quedar atrás. La tensión acumulada en el día empieza a transformarse en satisfacción y un sentimiento de alivio comienza a recorrer nuestro cuerpo. Ha salido todo bien y, ahora toca celebrar; sacamos de la tienda las cervezas reservadas para la ocasión. Ya no hay prisas, brindamos por una de esas escaladas que no se olvidan.


Si bien es cierto que la ruta no cuenta con pasajes de elevada dificultad técnica, conviene no subestimarla. Sin intención de amedrentar al personal, solo la recomiendo a condición de estar al nivel que demanda. Todos los largos son exigentes en cuanto a elegir el camino correcto y,  protegerse con ciertas garantías. En muchas ocasiones hay que ir fino y con las cosas claras. En la primera parte la roca requiere atención, pero no por ello disminuye la calidad de sus largos. Arriba, el ambiente aumenta y la roca se vuelve sublime; recia, larga y con el compromiso que lleva implícito escalar en Peña Santa.
Sin lugar a dudas esta vía pasa a engrosar mi lista de las mejores que he escalado en Picos de Europa, excepcional.







De material llevamos: dos juegos completos hasta el 2, más el 3 y 4 de camalots,  junto con unos pocos fisureros pequeños y algún coordino. Por lo general las tiradas son bastante largas y las reuniones son a montar o reforzar. Con el material que comento se escala sin problema.
En cuanto al croquis, con los que cuelgo entre uno u otro vas descifrando el itinerario, pero aun así reconozco que hay que ir mirandolos y, no siempre con la certeza de que estas acertando.






Llegamos a la cima de Peña Santa con margen de hora y media de luz, así que no hubo mucho tiempo para fotos cimeras. Por suerte recordaba el descenso por la Canal Estrecha de otras ocasiones, lo malo; que sabía lo largo y tedioso que es el regreso a Vegahuerta.
Un hurra por Rebe y que mantuvo el tipo hasta el final.


En fin, lo de siempre. Aquí os dejo unas fotejos, los croquis y algo de info por si alguno se anima a escalarla.


Saludos y buenas escaladas.



VIVIR DEL CUENTO --BARUNTSE 1.980

nuestros porteadores





Puente sobre el rio Barun

collado Barun La


el equipo: Mané, Carlos, Lorenzo, Jero, Morandeira, Lalo, Javier, Pepe
El Baruntse
el muro

La arista

el Makalu

La vía




La Arista

La cima
 

 El Baruntse (7.129 m)

16 de marzo de 2020

Recluído por el coronavirus ese que hay por ahí, pasando el rato como puedo, escucho por la radio que hace cuarenta años que murió Félix Rodríguez de la Fuente. Cuarenta años…¡no puede ser! Pero si nosotros estábamos en el Himalaya…, pero…, ¡si parece que fue ayer!
Qué mal asunto cuando empieza a hacer tanto de tantas cosas… a ver si es que nos estamos haciendo mayores….
Fue la primera expedición Aragonesa al Himalaya (era la época de las primeras catalanas, primeras madrileñas, primeras vascas,…) que organizó Montañeros de Aragón, o mejor dicho, Pepe Díaz y a la que  invitó a Peña Guara, o mejor dicho a Javier Escartín y a mí, y de la que también formaron parte Mané Blanchad, Gonzalo Prado (Lalo), Jerónimo López, Carlos Bhuler y J. Ramón Morandeira.
La montaña elegida fue el Baruntse, una montaña de 7.129 metros, situada entre el Makalu y el macizo Lhotse-Nupse-Everest. Desde que los neozelandeses la escalaron en 1.954, esta montaña había estado cerrada a las expediciones y por ello tuvimos la suerte de realizar la segunda ascensión además de abrir una nueva ruta por la difícil arista este.
Para algunos, todos excepto Jerónimo, fue nuestra primera vez en Nepal y fue una vivencia tan intensa que cuarenta años después todavía recuerdo perfectamente las sensaciones y las emociones que sentimos vagando por las calles de Katmandú, conviviendo con los nepalíes y recorriendo la larga marcha de aproximación desde Tumlingtar hasta las morrenas del glaciar Barun a los pies del gigantesco Makalu, un recorrido que nos llevó desde los arrozales, por selvas tropicales infestadas de sanguijuelas y  bosques de rododendros arbóreos, hasta el famoso collado Barun La, de 4.800 metros, que atravesamos en medio de una ventisca, enfundados, nosotros, en nuestros trajes de altura, y  asombrados por la fortaleza y determinación de nuestros cien porteadores, y porteadoras que atravesaron el collado y los neveros descalzos y cargados con más de treinta kilos. Impresionante. Inolvidable.
No pudimos encontrar apenas información sobre el Baruntse. Sólo en un mapa se adivinaba la existencia de una arista que, así, sin ver, decidimos que sería la ruta que íbamos a intentar. Y cuando llegamos a la montaña, ¡oh maravillas de la cartografía!, la arista estaba allí y parecía un camino difícil pero lógico que conducía hasta la cumbre.
Instalamos un campo II al pie de un muro de hielo por el que ganaríamos la arista. El muro no era muy largo, tal vez trescientos metros, tampoco muy inclinado, tal vez 60º, pero nunca hemos vuelto a encontrar un hielo tan duro y estalladizo como aquel. Los piolets y los crampones apenas se clavaban unos milímetros e, incluso cuando ya subíamos por las cuerdas fijas, era una escalada tremendamente  técnica y fatigosa.
La arista no la recuerdo en general muy difícil, aunque allí encontramos el largo quizás más difícil de la vía. Un resalte de hielo durísimo que casualmente me tocó escalar a mí porque no fui capaz de montar una reunión y, huyendo hacia adelante, terminé el largo, más de sesenta metros, gracias a que , acojonado porque hice el largo sin un mal seguro, pude subir por una fina mancha de nieve adherida al hielo. Afortunadamente, al final apareció nieve “corcho” y pude clavar una estaca y montar una buena  reunión. Pero la arista sí que era tan afilada y continua y resultó muy difícil encontrar un emplazamiento para un tercer campo de altura. Al final hubo que instalarlo en el interior de una grieta. Conseguimos fabricar una pequeña pero confortable plataforma donde pudimos estar al abrigo de las nevadas y del viento que cada mediodía, invariablemente, azotaba la montaña.
Desde ese tercer campamento hicimos el ataque (¡qué poco me gusta esta palabra!, pero no se me ocurre otra mejor) a la cima. Siempre hay alguna anécdota, o tontada, en cada expedición y en esta, lo que pasó fue que nos olvidamos las pilas en España. Carlos Buhler nos había proporcionado unas superpilas de litio, de esas que duran no sé cuánto, y sólo teníamos las que por casualidad llevábamos en el equipaje de mano. La cuestión es que descubrimos el olvido en el Campo Base. Así pues, guardamos como oro en paño etas pilas para el día del ataque (¡otra vez la palabra!) a la cumbre. Total que salimos de noche de nuestra grieta-campamento y a la media hora, las linternas se empezaron a apagar hasta quedarnos completamente a oscuras. Así, sin ver, subimos la cuerda que teníamos instalada hasta lo alto de un serac. Poco a poco empezó a amanecer y con un frío intenso seguimos poco a poco escalando hasta la cima. Allí llegamos Jero y Javier en una cordada y Carlos y yo en otra. Era el 27 de abril de 1.980.
Fue una inmensa alegría vernos en lo más alto de esta cumbre rodeados de montañas, muchas desconocidas pero muchas otras muy conocidas; el Kangshungtse y  el Makalu, y a lo lejos el Kanchenjunga, el Chamlang, el  Ama Dablan, el Nuptse y la gran pared sur del Lhotse que nos impide ver al Everest, por debajo nuestro el Island Peak y el Cho Polu.
Al día siguiente volvieron a ascender Lalo y Lhakpa. Mientras ellos bajaban del campo III, desde el campo I observamos que aparecía una cordada cerca de la cumbre procedente de la otra vertiente. ¡Sorpresa, no sabíamos que hubiera nadie más en la montaña!. Alcanzaron nuestras huellas y debieron de llegar a la cumbre pero las nubes cubrieron la montaña y ya no se les volvió a ver. Al regresar a Katmandú nos enteramos que estaban buscando a dos alpinistas franceses desaparecidos en el Baruntse.
Tardé muchos años en darle importancia a la escalada al Baruntse. Aunque Carlos y yo habíamos abierto y resuelto casi la mitad del itinerario y algunos tramos claves de la escalada, no podía evitar que el hecho de subir por algunas cuerdas fijas que yo no había colocado me impidiera sentirme totalmente satisfecho con esta ascensión. Ahora, cuarenta años después, creo que, desechando la certeza de ascender por la vía normal optando por la incertidumbre de intentar ascender por una vertiente desconocida aportamos un poco de sentido a esto de subir montañas.

Lorenzo